Esta obra sostiene la idea de que la neutralidad en la ciencia no existe y trata de mostrar cómo los valores influyen tanto en la práctica científica como en la evaluación de la misma. Sobre la base de que la ciencia nos incumbe a todos y no sólo a los científicos, Javier Echeverraría afirma la necesidad de desarrollar una filosofía de la actividad científica, no sólo una filosofía del conocimiento científico, en relación con el complejo social donde ésta se origina, se desarrolla y evalúa.